Entre los Achachilas, a unos los tienen como a principales troncos de grandes pueblos en pleno goce de sus fuerzas y magnitud, tales eran el Lago Titicaca, el Azoguini, el kancharani, el Huayna Roque en Juliaca. el Kolqueparque en Ayaviri. De éste cerro Kolqueparque cuentan que era muy querido por el Dios Wirakhocha y como habían otras montañas vecinas, se hallaron celosas de tal cariño se quejaron a Wirakhocha y para evitarse de estos celos, no le quedó otra cosa, que de un hondazo descabezó al Kolqueparque, cuya cúspide fue a parar a las pampas de Antayrnarca, como en la actualidad se puede observar.
El Achachila de los Uros decían que era el légamo de donde estos habían brotado al contacto del Sol y que por eso eran despreciables, de poco entendimiento, ásperos, que vivían en balsas de totora, contemplando constantemente desde la superficie de las aguas a su progenitor el limo del lago. A los Uros les llaman también Chancumankkeris, comedores de ciertas plantas acuáticas de los géneros Myriophyllum, Potomogeton, Clanophora, Elodea y Chara. La tradición cuenta de ellos que ftteron trasladados, en tiempos remotos, en calidad de esclavos de las costas del Pacífico, por el gran conquistador Kolla Tacuilla. y distribuidos en la riberas de los lag del altiplano, donde se dedicaron exclusivamente a la pesca.
El andino, cuando de alguna altura llega a divisar el lago sagrado se llena de alborozo e inmediatamente se descubre la cabeza y con el mayor fervor le saluda implorándole su protección con los brazos levantados y la palma de las manos abiertas, en actitud profundamente religiosa. Dicen qUe engordan pronto los animales pie beben sus aguas y se hacen fecundas las mujeres que en sus orillas acostumbran apagar su sed con ellas.
El cronista Inca Garcilaso de la Vega, afirma acerca del cultura las montañas; que en ios días de la Semana Santa un grupo de indígenas ascendían a las escarpadas laderas de los cerros "Calvario', guiados por un "Yatiri" o adivino, el cual se desenvolvía con sacerdote, para rendir su homenaje a la montaña, que aún supervive como reminiscencia del antiquísimo culto animista de los andícolas. Él Yatiri se colocaba en la parte más empinada del cerro, donde un hacinamiento de piedras ennegrecidas por el fuego hacían de alt propiciatorio, prendían el fuego con paja; y una columna de humo e elevaba por el aire, como primer homenaje a la "Pachamama" la madre tierra que los antiguos andinos veneraban a través de la montaña, expresión era potenciada y resaltante. Luego seguían diversos actos del ritual, consistente en sahumerios diversos y alterantes, seguidos a vec de breves cantos mezclados con movimientos de marcha o pantomimás que remataban en lamentaciones.
Lo que realizaba el "Yatiri", en sí era una representación variadísima, rica en matices, que atesoraba singulares supervivencias del tiempo mítico, mezclados con ritos autóctonos preincaicos y con algunas manifestaciones del propio culto católico, puesto que a veces suelen los "Yatiris' adivinos hacer el signo de la cruz, arrodillarse: juntar las manos, mezclando sus extraños admoniciones a la tierra con adoraciones al Dios monoteísta de los cristianos, a la Virgen y demás santos. La primitiva religión animista, de tipo mítico, se confunde y vacila entre los velos no siempre bien entendidos del culto católico, pero va fuertemente enraizado en el corazón del antiguo andino.
En el, homenaje que le brinde el "Yatiri" a una montaña, también interviene el curandero, al que se le llama "Callahuaya", es quien ayuda en los ritos de adoración a la montaña, a la cual le pide que sane enfermos, que ayude en los trabajos y opere milagros. Todo esto mezclado con otras extrañas actitudes, cuyo simbolismo escapa a la percepción del intruso, y cuyo origen mágico habla claramente de aquel brujerio ancestral que da al andicola, mucho que aquel misticismo oriental, que no es capacidad del mundo activo y material, sino más bien la comprensión de ciertos subjetivos de la naturales: con la que el hombre se identifica en internas comunicaciones.
Hemos tenido la oportunidad de observar de cerca esta superstición costumbrista de la adoración a la montaña, siendo un testimonio valiosísimo para el historiador, el folklorólogo y el antropólogo que desean rastrear al pasado legendario del Ande Las fotografías dan un pálido reflejo de esta dramática ceremonia religiosa, que, desde hace miles de años, en los días de Semana Santa; cuyos ritos continúan rea en la época del gran avance del avión, de la radio, de la telefonía celular y de la televisión, para el pasmo d las gentes "civilizadas, que ignoran los profundos misterios del hombre andino, sumergido en la lengua muda de su magia ancestral, que sigue superviviendo en nuestros días.
Siendo Puno Capital del Folklore Nacional, es importante que los estudiosos e investigadores observen de cerca estas extrañas supersticiones del pasado legendario de América, donde hallarán tesoros intactos de sugestión y de belleza, reservados a la sensibilidad despierta de todos cuantos son capaces de sentir la emoción diversa y encontrada de la raza de la antigua cultura peruana.
En la mayoría de poblaciones del altiplano puneño, existen "Achachilas", que son cerros predilectos por sus morador o habitantes, en cuya cima se encuentra generalmente una cruz.'Estos se denomina "Calvarios", donde se realizaban la misma o parecidas ceremonias. Son los que acostumbraban los andinos antiguos, de buscar y situarse en alguna altura desde donde pudieron contemplar su cerro o montaña predilecta y ofrecerle sus sacrificios; es así como fue el habitante kolla del altiplano puneño, verdadero montañés e ineludible, tuvo que connaturalizarse con la montaña convirtiéndola en su deidad favorita, objeto de su mayor veneración. En la actualidad le dan importancia los adivinos andinos, quienes continúan con esta clase de ceremonias que en sí no ha perdido esta tradición.
Estas ceremonias las practican comúnmente en las cimas accesibles, en otro tiempo, de augustas y sagradas, que dominan valles o llanuras o que se elevan junto a los pueblos en cuyas faldas o alrededores se extienden estos, por cuyo motivo y para extirpar la idolatría a que daban lugar, las coronaron de capillas, corno se ha hecho en el cerro Cancharani de Puno, que desde el suelo al remate, se asciende por el camino en automóviles. El alma pagana del creyente no ha podido ser modificada por completo, puesto que los mismos sacerdotes católicos en distinta forma la mantienen.
Existe una tradición que se va perdiendo en el tiempo, quizá se debí a la poca importancia que le dan los investigadores. Una noche que transitaba un arriero por el camino que sube al Cancharani, oyó un estruendoso tropel de animales de carga, vino a su encuentro un indio que le intimó a que se regresase, porque no podía seguir adelante, el paso estaba obstruido y si insistía su muerte era segura, el arriero retrocedió alguna distancia y acampó en un lugar cercano al Cancharani; pero á cierta hora dominada por la oscuridad quiso cerciorarse de lo que había ocurrido, se dirigió al sitio donde había recibido la notificación y colocándose al costado del camino vio desfilar una enorme cantidad de mulas cargadas de grandes bloques de plata que transportaban hacia adelante; - una de las bestias se embarrancó rendida por el exceso peso de su carga, el arriero fue en su auxilio, y notó que el animal se encontraba con una canilla rota, le descargó la plata que llevaba, la que pesaba mucho, y señalando bien el lugar volvió asombrado a su alojamiento; al día siguiente vino a buscar la carga y no la encontró; la mula h desaparecido y sólo en el sitio donde cayó estaba un saltamontes con una pata fracturada, que andaba cojeando penosamente. El genio del cerro con el inmenso poder que posee había transformado a todos los saltamontes de este lugar en mulas, con el objeto de arrancar las riquezas que encerraba en su seno y trasladarlas al fondo del Lago Titicaca.
Desde esa noche asombrosa comenzaron a desaparecer las vetas que se encontraban en todo el sector de Cancharani.
Sin perjuicio de adorar el andino antiguo a su propio Achachila, cuando al trasmontar una altura o doblar una ladera, ve por primera vez cualquier montaña, cerro o río, inmediatamente se pone de rodillas, se destoca el sombrero y se enmienda al Achachila que supone mora en el lugar, aunque no sea el suyo, y en señal de que lo reverencia, le ofrece coca mascada que la extrae de la boca y respetuoso cual si ejecutase una ceremonia la pone en el suelo. Esta costumbre con el transcurrir del tiempo se ha ido perdiendo, quizá se deba al trance de mistificación del hombre andino, por influencias de la vida moderna.